Según fuentes de la prensa polaca, (el periódico Dziennik), Juan Pablo II podría ser beatificado el 2 de abril del próximo año 2010.
Aunque todavía no está confirmada esta información, se sabe que la Congregación para las Causas de los Santos de la Santa Sede trabaja en esta dirección desde hace tiempo y que, como declaraba a principios de este mes el Arzobispo de Cracovia, Cardenal Stanislaw Dziwisz, “el proceso de beatificación de Juan Pablo II está a punto de terminar” y el mismo Benedicto XVI desea cerrar el proceso “lo antes posible” porque es “lo que el mundo está pidiendo”.
El primer paso en el proceso es la fama de santidad. Ya en el funeral de Juan pablo II, celebrado el viernes siguiente a su fallecimiento, se oían en la plaza de San Pedro los gritos de “¡santo súbito!”, que se traduce como “¡santo ya!”. Tras su fallecimiento, miles de personas de todo el mundo han pedido su santificación.
Y es que la humanidad entera fue testigo de la vida de santidad que llevó el papa polaco. La vida que dedicó al servicio de Dios, dando testimonio profundo y coherente del Evangelio, y en la que llegó a derramar su sangre (recordemos el atentado del 13 de mayo de 1981) por amor a Él.
El proceso de beatificación se inició el 28 de junio de 2005, dos meses después de su fallecimiento, gracias a la dispensa concedida por Benedicto XVI para que la causa ( en concreto la fase diocesana) pudiera empezar sin necesidad de esperar los cinco años que deben transcurrir entre el fallecimiento de una persona y el comienzo de la misma.
La frase del Evangelio “por sus frutos los conocerán” nos invita a sumergirnos en sus escritos, sus palabras, sus actos, sus gestos, y a observar sin poder quedar indiferentes, el producto de los mismos a lo largo y ancho del mundo.
El testimonio de su vida, que tantas conversiones ha hecho brotar, tanto amor a Jesucristo ha engendrado en los corazones de los fieles y tantas vocaciones ha hecho surgir; y sus palabras a los jóvenes, a los enfermos, a las familias, a los ancianos, a los niños, a los que sufren… que seguimos oyendo como eco que se extiende, sin reducir la intensidad de su sonido ni la firmeza y claridad de su inconfundible voz, nos siguen infundiendo ánimos, y nos siguen mostrando, junto con las de su sucesor, Benedicto XVI, el camino seguro de unión a Cristo, luz del mundo.