La encuesta publicada por La Razón el
lunes 22 de diciembre ilustra perfectamente las fortalezas y
debilidades del catolicismo español, de la propia Iglesia.
Observemos esta secuencia. El 77,5% de la población bautizaría a su hijo. Una cifra casi prácticamente igual a efectos técnicos que la del 76% que se declara católica. Pero de ésta cifra sólo va con frecuencia a misa y a actividades organizadas por la parroquia el 24%. Esto significa que sobre el total de la población sólo del orden de un 18% tiene un sentido de pertenencia profundo a la Iglesia.
El salto del 76% a este 24%, estos más de 50 puntos porcentuales de diferencia, marcan la distancia que separa un catolicismo nominal del más o menos realmente vinculado. Aquella cifra, la del 18%, viene a coincidir prácticamente con el 20% que dice que antepone su credo religioso al pensamiento político a la hora de votar en las elecciones. Ya tenemos así definido grosso modo cuál es la masa crítica del catolicismo social, de aquel de quien puede esperarse coherencia entre su fe y su práctica cultural, social y política. Una de cada cinco personas mayores de edad.
Si percibimos esta magnitud en relación
a aquella idea de las tres cuartas partes de la población española
como católica, nos parecerá pequeña, pero si la relacionamos en
términos objetivos con el conjunto de minorías que estructuran hoy la
sociedad, constituiría un grupo determinante si estuviera guiada por la
unidad de acción y de propósito.
Otro aspecto es el del
reconocimiento de la labor de la Iglesia. Sólo un 15% piensa que la
labor social que desempeña la Iglesia es muy importante, aunque un
abrumador 65% considera que es bastante importante. Son resultados
razonablemente buenos aunque pensamos que infravaloran la realidad, y
esto se percibe más si se atiende a la valoración de las actuaciones de
la Iglesia, puntuando un mínimo de 1 y un máximo de 10. En esta escala,
la valoración social alcanza un aprobado con el 5,6, y ligeramente por
debajo de esta cifra se mueve su papel en la conservación del
patrimonio (5,3) y educativa (5,2). No es mucho, pensando la ingente
tarea que se realiza.
Por otra parte, último dato a considerar
ahora, el 43,5% considera que la religión es bastante importante en la
educación de sus hijos, pero sólo para un 6% lo es mucho. Cifra que
tiene como contrapartida los que consideran que es nada importante, un
8%.
Si relacionamos esta respuesta con los que piensan que el
hijo debe bautizarse nos daremos cuenta que lo del bautismo no entraña
para una gran parte ningún tipo de compromiso, cosa por otro lado bien
sabida por los sacerdotes de nuestras parroquias.
¿Qué criterios prácticos podríamos extraer de estas breves consideraciones? Podríamos enumerar los siguientes: