La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros.
En aquella noche santa de Belén la Luz nació. Luz para alumbrar a las naciones.
En la oscuridad del mundo, en la desesperación, el odio y la pobreza, surgió la Luz, nació el Amor.
El Hijo de Dios vivo, que existía antes que el mundo fuese hecho, vino a la Tierra para salvar a los hombres. Por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del Cielo.
¿Existe acaso amor más grande? ¿Más que el de Aquel que por nosotros sufrió lo que todos conocemos?
Dolor, hambre, sed, fatiga, frío, angustia, incomprensión… aceptó por causa nuestra.
Él, el Salvador, el Mesías, el Señor.
Contemplemos a este dulce Niño. La gloria del Cielo manifestada en la debilidad de un niño.
Contemplemos su rostro.
Miremos sus manecitas y sus pies, los mismos que serán traspasados por los clavos en su Pasión, por amor.
Fijemos nuestros ojos en sus ojos. Como al joven rico, nos mira y nos ama con la mirada. Nos habla con la mirada.
Con todo su ser nos habla, Él que es la Palabra.
Escuchémosle. Contemplémosle. ¿Puede haber algo más dulce y más hermoso?
Su Corazón late por nosotros ya, movido por el amor.
Como a los pastores, a nosotros nos dice: No temáis. No tengáis miedo. No tengáis miedo de confiarme todo lo que amáis, todo en lo que esperáis.
No tengáis miedo de poneros en presencia de este Niño. Abrid vuestro corazón a su Palabra. Contempladle y escuchadle. Poned vuestra confianza en Él, que no os ha de fallar. Nadie nos amó, nos ama ni nos amará como Él lo hace.
Cuando lleguemos al portal y lo contemplemos, no podremos hacer otra cosa más que caer de rodillas a sus pies, y susurrar: Hemos venido a adorarte.
Todo el Amor del mundo recostado en un pesebre. ¿Puede haber mayor Misterio que Éste?
Y cuando lo contemplemos así, preguntaremos: ¿Qué te puedo ofrecer, Señor? ¿Qué quieres de mí?
Y entonces, dándonos cuenta de que nada material necesita este Niño que es Dios, dueño y Señor de todo cuanto ha creado, diremos: Señor, mis manos vacías no pueden ofrecer más que a sí mismas. Mírame, Señor. Yo, todo lo miserable que soy, todo lo pobre. Señor, me ofrezco a Ti, por completo. Bendito Niño, toma mi vida. Toda ella es para Ti. Dios mío, confío en Ti, y sé que no seré feliz ni descansaré hasta contemplarte y adorarte e, inflamada en tu amor, pueda darme a mis hermanos que sufren.
Y entonces, dirigiendo la mirada hacia María, sentada junto a la cuna, le diremos, con el corazón derretido de amor: María, Madre buena, enséñame a amar a Jesús como Tú sabes. Dios quiso que fueras Tú, con tus manos, quien le cuidara. Acércame a Él. Haz que no desista en esta decisión que he tomado de quererle. Haz que no se apague nunca en mí, aún más, que se acreciente, la llama de amor que Él ha puesto en mi corazón. Amén.